Vuelo nocturno
Vuelo nocturno Descendiendo, de escala en escala, desde Paraguay, como desde un adorable jardÃn, pródigo de flores, de casas bajas y de aguas lentas, el avión se deslizaba al margen de un ciclón que no le enturbiaba ni una estrella. Nueve pasajeros, arrebujados en sus mantas de viaje, apoyaban la frente en su ventanilla, como en un escaparate colmado de joyas, pues las pequeñas ciudades de Argentina desgranaban ya, en la noche, todo su oro, bajo el oro más pálido de las ciudades de estrellas. El piloto, en la parte delantera, sostenÃa con las manos su preciosa carga de vidas humanas, los ojos abiertos e inundados de luna, como un cabrero. Buenos Aires llenaba el horizonte con su fuego rosáceo y, muy pronto, brillarÃa con todas sus piedras cual fabuloso tesoro. El «radio», con sus dedos, enviaba los últimos telegramas, como las notas finales de una sonata que hubiese tecleado, gozosa, en el cielo, y cuyo canto Rivière comprendiese; luego, remontó la antena; después, se desperezó un poco, bostezó y sonrió: estaban llegando.
El piloto, después de aterrizar, encontró al piloto de Europa, recostado contra su avión, con las manos en los bolsillos.
—¿Eres tú el que continúa?
—SÃ.
—El Patagonia, ¿ha llegado?
—No se le espera: ha desaparecido. ¿Hace buen tiempo?