Vuelo nocturno
Vuelo nocturno —Muy bueno. ¿Fabien ha desaparecido?
Hablaron poco. Una gran fraternidad les dispensaba de hablar.
Se trasbordaban al avión de Europa las sacas de Asunción, y el piloto, aún inmóvil, la cabeza echada hacia atrás, la nuca contra la carlinga, miraba las estrellas. Sintió nacer en él un poder inmenso, y le invadió un placer poderoso.
«¿Cargado ya? —dijo una voz—. Contacto, pues».
El piloto no se movió. Ponían su motor en marcha. El piloto iba a percibir por sus espaldas, apoyadas en el avión, cómo éste vivía. El piloto estaba ya seguro, por fin, después de tantas falsas noticias: «Saldrá…». «No saldrá…». «¡Saldrá!». Su boca se entreabrió, sus dientes brillaron bajo la luna como los de una fiera joven.
—Atención con la noche, ¡eh!
No oyó el consejo de su camarada. Las manos en los bolsillos, la cabeza levantada cara a las nubes, a las montañas, a los ríos y a los mares, empezaba a reír silenciosamente. Una risa débil, pero que pasaba por él, como una brisa por un árbol, y le hacía estremecerse. Una risa débil, pero mucho más fuerte que aquellas nubes, que aquellas montañas, que aquellos ríos y que aquellos mares.
—¿Qué es lo que te sucede?