Vuelo nocturno

Vuelo nocturno

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IV

Rivière miraba a Pellerin. Cuando éste, dentro de veinte minutos, descendiese del coche, se perdería entre la muchedumbre con un sentimiento de lasitud y pesadez. Pensaría tal vez: «Estoy cansado… ¡Cochino oficio!». Y a su mujer le confesaría algo como: «Se está mejor aquí que sobre los Andes». Pero no obstante, se había casi desprendido de él todo lo que los hombres estiman de modo singular: acababa de conocer su miseria. Acababa de vivir unas horas sobre la otra faz de la decoración, sin saber si le sería permitido hallar de nuevo esa ciudad, con sus luces. Si encontraría incluso, amigas de la infancia, enojosas pero queridas, esas pequeñas debilidades del hombre. «En toda multitud hay hombres —pensaba Rivière— a quienes nadie distingue, pero que son prodigiosos mensajeros. Y ni ellos lo saben. A menos que…». Rivière temía a ciertos admiradores: sus exclamaciones disminuían al hombre, falseaban el sentido de la aventura, cuyo carácter sagrado no comprendían. Pero Pellerin guardaba aquí toda su grandeza de saber simplemente, mejor que nadie, lo que vale el mundo entrevisto bajo cierta luz, y de rechazar las aprobaciones vulgares con un rudo desdén. Rivière le felicitó: «¿Cómo os las habéis arreglado?». Y lo estimó por hablar en términos del oficio, por hablar de su vuelo como un herrero de su yunque.


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