Vuelo nocturno

Vuelo nocturno

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VI

Los secretarios dormitaban en las oficinas de Buenos Aires cuando Reviere entró. No se había quitado el abrigo, ni el sombrero: parecía siempre un eterno viajero; tan poco era el aire que desplazaba su pequeña estatura, tan grises sus cabellos, y tanto se adaptaban a todos los ambientes sus vestidos anónimos, que pasaba casi inadvertido. Y, sin embargo, el fervor animó a los hombres. Los secretarios se agitaron, el jefe de oficina consultó urgentemente los últimos papeles, las máquinas de escribir crepitaron.

El telegrafista clavaba sus clavijas en el cuadro y anotaba sobre un voluminoso libro los telegramas.

Rivière sentóse y leyó.

Después de la prueba de Chile, releía la historia de un día feliz en el que las cosas se ordenaban por sí mismas, en el que los mensajes, expedidos por los aeropuertos uno después de otro, eran sobrios boletines de victoria. El correo de Patagonia progresaba también con rapidez: se adelantaba su horario, pues los vientos empujaban del Sur al Norte su gran oleaje favorable.

—Denme los mensajes meteorológicos.

Cada aeropuerto encomiaba su tiempo claro, su cielo transparente, su buena brisa. Una tarde dorada había vestido a América. Rivière regocijóse de la buena voluntad de las cosas. En estos momentos, el correo luchaba en alguna parte en la aventura de la noche, pero con las mejores posibilidades.


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