Vuelo nocturno
Vuelo nocturno Una hora más tarde el «radio» del correo de Patagonia se sintió suavemente levantado, como si le tirasen de un hombro. Miró a su alrededor; pesadas nubes oscurecían las estrellas. Se inclinó hacia tierra: buscaba las luces de las ciudades, tan semejantes al brillo de las luciérnagas ocultas en la hierba, pero nada relucía en aquella hierba negra.
Previendo una noche difícil, sintióse displicente: marchas, contramarchas, territorios ganados que es preciso luego ceder. No comprendía la táctica del piloto; le parecía que iban a dar contra la espesura de la noche, como contra un muro.
Descubría ahora, frente a ellos, un fulgor imperceptible sobre la línea del horizonte: un resplandor de fragua. El «radio» tocó en el hombro a Fabien, pero éste no se inmutó.
Los primeros remolinos de la lejana tormenta atacaban el avión. Suavemente levantadas, las masas metálicas pesaban contra la carne misma del «radio»; luego parecían desvanecerse, fundirse, y, en la noche, durante algunos segundos, flotó solo. Entonces se agarró con sus dos manos a los largueros de acero.
