Vuelo nocturno
Vuelo nocturno Rivière habÃa salido para andar un poco y eludir el malestar naciente. Él, que sólo vivÃa para la acción —una acción dramática—, sentÃa extrañamente que el drama se desplazaba, se hacÃa personal. Pensó que, alrededor de su quiosco de música, los pequeños burgueses de las pequeñas ciudades vivÃan una vida en apariencia silenciosa, pero algunas veces henchida también de dramas: la enfermedad, el amor, la muerte, y tal vez… Su propia dolencia le enseñaba muchas cosas: «Abre ciertas ventanas», se decÃa. Luego, hacia las once de la noche, respirando ya mejor, se encaminó a la oficina. Lentamente se abrÃa paso entre el gentÃo que se agolpaba ante la puerta de los cines. Alzó los ojos a las estrellas, que lucÃan sobre la estrecha calle, borradas casi por los anuncios luminosos, y pensó: «Esa noche, con mis dos correos en vuelo, soy responsable del cielo entero. Esa estrella es un mensajero que me busca entre la muchedumbre, y que me encuentra: por eso me siento algo extranjero, algo solitario».
Se acordó de una frase musical: algunas notas de una sonata que escuchara ayer con unos amigos. Éstos no la habÃan comprendido: «Ese arte nos aburre y le aburre, sólo que usted no lo confiesa».
«Tal vez…», respondió.
