Vuelo nocturno

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XIII

—El correo de Asunción sigue sin novedad. Estará aquí dentro de dos horas. Prevemos, en cambio, un retraso importante en el correo de Patagonia, que se encuentra, al parecer, con dificultades.

—Bien, señor Rivière.

—Es posible que no lo esperemos para hacer despegar el avión de Europa: después de la llegada del de Asunción, nos pedirá usted instrucciones. Esté presto.

Rivière releía ahora los telegramas de protección de las escalas Norte. Abrían el correo de Europa una ruta de luna: «Cielo limpio, luna llena, viento nulo». Las montañas del Brasil limpiamente recortadas sobre la luminosidad del cielo, hundían en los remolinos plateados del mar sus espesas cabelleras de selvas negras: esas selvas, sobre las cuales llovía incansablemente, sin colorearlas los rayos de la luna. Y en el mar, las islas también negras, cual restos errantes de naufragios. Y, a lo largo de toda la ruta, esa luna inagotable: un manantial de luz.

Si Rivière ordenaba la salida, la tripulación del correo de Europa entraría en un mundo estable que, por toda la noche, luciría dulcemente. Un mundo donde nada amenazaba el equilibrio de las masas de luz y de sombra, donde ni siquiera se insinuaba la caricia de esos vientos puros, que, si arrecian, pueden estropear en algunas horas un cielo entero.


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