Vuelo nocturno

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XIV

La mujer de Fabien telefoneó.

La noche de cada regreso, calculaba la marcha del correo de Patagonia: «Despega en Trelew…». Luego se dormía de nuevo. Algo más tarde: «Debe de acercarse a San Antonio. Debe de ver sus luces…». Entonces se levantaba, apartaba las cortinas, y consideraba el cielo: «Todas esas nubes le molestan…». A veces, la luna se paseaba como un pastor. Entonces, la joven mujer se sentaba de nuevo, tranquilizada por aquella luna y aquellas estrellas, aquellos millares de presencias alrededor de su marido. Hacia la una, lo sentía próximo. «No debe de andar ya muy lejos. Debe ver Buenos Aires…». Entonces se levantaba y le preparaba su cena y café muy caliente: «Hace tanto frío, allá arriba…». Lo recibía siempre, como si descendiese de una cumbre nevada: «¿Tienes frío?» «No». «Es igual; caliéntate…». Hacia la una y cuarto, todo estaba dispuesto. Entonces telefoneaba.

Ésta, como las otras noches, se informó:

—¿Ha aterrizado Fabien?

El secretario que la escuchaba, se turbó un poco:

—¿Quién habla?

—Simone Fabien.

—¡Un momento…!

El secretario, no atreviéndose a decir nada, pasó el auricular al jefe de la oficina.

—¿Quién está ahí?


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