Vuelo nocturno

Vuelo nocturno

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XV

Este papel doblado en cuatro tal vez les salve: Fabien lo despliega, apretados los dientes.

«Imposible entenderse con Buenos Aires. Ni siquiera puedo manipular: me saltan chispas de los dedos».

Fabien, irritado, quiso responder, pero cuando sus manos abandonaron los mandos para escribir, una especie de ola poderosa penetró en su cuerpo: los remolinos le levantaban, haciéndole oscilar en sus cinco toneladas de metal. Renunció a escribir.

Sus manos se afirmaron de nuevo sobre el oleaje, y lo dominaron.

Fabien respiró profundamente. Si el «radio» remontaba la antena por miedo a la tormenta, le rompería la cara en cuanto hubiesen aterrizado. Costase lo que costase, era preciso entrar en contacto con Buenos Aires, como si, a más de mil quinientos kilómetros, se les pudiese lanzar una cuerda sobre este abismo. A falta de una temblorosa y casi inútil luz, como la lámpara de un albergue, pero que les habría gritado ¡tierra!, como un faro, les era preciso por lo menos una voz, una sola voz, llegada de un mundo que ya no existía. El piloto sacudió el puño en su luz roja, para dar a entender a su compañero esta trágica verdad, pero el otro, inclinado sobre el espacio devastado, con las ciudades enterradas y las luces muertas, no lo comprendió.


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