Novelas a Marcia Leonarda
Novelas a Marcia Leonarda Tan desdichado fue este miserable mancebo, aunque digno de mejor fortuna, que apenas comenzaron las galeras a alargarse y, zarpando la capitana, azotar el agua y el aire con los remos y velas, cuando cubriéndose el cielo de improviso de una oscurísima nube, comenzó a bramar con horribles truenos por los cuatro ángulos del mundo, acompañada de temerosos relámpagos que en cada uno parecía que venían infinitos rayos. Entumeciose el mar, revolviéronse las olas trabando entre sí mismas tan espantosa batalla, que daban con la espuma en las estrellas que, con el temor de apagarse en las aguas, se escondían. Ya no aprovechaba amainar las velas, ni en tanta confusión hallaba remedio el ánimo, ni el ejercicio resistencia. Porfiaba Felisardo a que prosiguiesen el viaje hasta sacar la espada, pero no pudo ser obedecido, por voluntad del cielo, que al declararse el alba dio con su capitana y las demás galeras casi en el puerto. Él quiso pasar en su abrigo el día ocultando a doña María en la cámara de popa, pero como ya fuese conocida su falta de algunas griegas y turcas que la servían, habían dado tantas voces que, asombrados los genízaros dieron parte a su capitán, y él a Mahamut Bajá, de quien lo supo el Turco, que con notable sentimiento pensó luego que de envidia la habrían muerto otras mujeres o amigas suyas. Mas discurriendo entre varios pensamientos en unas y en otras cosas (que, como Séneca dijo, sucede fácilmente la inconstancia a los que tienen el ánimo dudoso), dio en pensar que se había partido la misma noche Felisardo, de quien Sultana decía tanto mal, arguyendo de eso mismo que le quería bien porque es muy ordinario en las mujeres, o por disimular lo que quieren o por engañar a otros. Y con esta imaginación hizo que Vostán Bajá fuese con cien ayamolanos y con algunos genízaros a las galeras, sabiendo que la tempestad las había vuelto al puerto tan perdidas que era imposible sin rehacerse volver al agua.