Novelas a Marcia Leonarda
Novelas a Marcia Leonarda –¡Ay –decía el desdichado viejo padre de Laura, teniéndola en los brazos–, hija mía y sólo consuelo de mi vejez! ¿Quién pensara que os esperaba tan triste fin y que vuestra hermosura se viera manchada de vuestra misma sangre por las manos de un bárbaro parto de la tierra más infeliz del mundo? ¡Oh muerte! ¿Para qué reservaste mi vida en tanta edad, o por qué quieres matar tan débil sujeto con veneno tan poderoso? ¡Ay, quién no hubiera vivido, para no morir con el cuchillo de su misma sangre!
Lisardo, que tuvo presto las nuevas de esta desventura, desatinado vino en casa de Laura y, mezclado entre la confusión de la gente, vio tendida su hermosura en aquel estrado como suele a la tarde, vencida del ardor del sol, la fresca rosa. Allí todos tenían licencia para lágrimas; las suyas eran de suerte que conocía bien Marcelo en qué parte le dolía aquel sangriento accidente de su fortuna.
Despejose la casa y retirado Lisardo a la suya, no salió en cuatro meses de ella, ni le vieron hablar con nadie fuera de su familia: todo era suspiros, todo era lágrimas, de las cuales parecía que vivía más que del común sustento.