Novelas a Marcia Leonarda
Novelas a Marcia Leonarda El referido don Felis estudiaba, como digo (y perdone vuestra merced la digresión, que debo mucho a esta ilustrísima casa), en la ciudad por donde tuvo principio la novela. Las partes de este caballero eran tales que, así los estudiantes naturales como los extranjeros, le amaban con tanto afecto, que perdieran por él la vida y no sentían el estar fuera de sus patrias. Hizo algunos actos con muestras de tan feliz ingenio, que no parecía de día el que por la noche se hacía temer por su nunca visto esfuerzo, juzgándole comúnmente por dos hombres, y no sabiendo cómo hallaba lugar la blandura mercurial del entendimiento con la fiereza marcial de la osadía. El pretendiente a quien defendía segura tenía la cátedra; y aunque el rotular de noche le costó algunas pendencias, de todas salió con victoria, aunque el exceso fuese exorbitante; que cuando al natural valor ayuda la buena gracia de la Fortuna, no hay enemigo que ofenda ni resistencia que baste. (Y en esta parte confieso que tengo a los caracteres de almagre por blasones de honra; pero en llegando a libelos infamatorios, tengo por cobarde al dueño y por mujer la mano). Dio fin a sus estudios, o por lo menos se le dio su inclinación, que no le guiaba por aquel camino; esto sin inducir fuerza de estrellas, que Dios no crió al hombre por ellas sino a ellas por el hombre, puesto que no salió don Felis sin ocasión de su patria.