Historia general de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas

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Arribamos el 25 de julio pasado, en compañía del Greenwich, a Johanna (isla no muy alejada de Madagascar), donde entramos para que se refrescasen nuestros hombres; y estando allí vimos catorce piratas que venían en canoas de Mayotta, donde el barco al que pertenecían (el Indian Queen, de doscientas cincuenta toneladas, veintiocho cañones y noventa hombres, mandados por el capitán Oliver de la Bouche, que se dirigía de la costa de Guinea a las Indias Orientales) había sufrido una vía de agua y había zozobrado. Dijeron que dejaban al capitán y cuarenta de sus hombres construyendo una nueva nave para proseguir sus fechorías. El capitán Kirby y yo concluimos que podríamos prestar un gran servicio a la Compañía de las Indias Orientales si destruíamos ese nido de piratas, y nos disponíamos a llevar a cabo este propósito el 17 de agosto, hacia las ocho de la mañana, cuando descubrimos dos barcos piratas en la había de Johanna, uno de treinta y cuatro cañones y el otro de treinta. Inmediatamente fui a bordo del Greenwich, donde se preparaban a toda prisa para un enfrentamiento, y poco después nos separamos el capitán Kirby y yo con mutuas promesas de apoyarnos el uno al otro. A continuación solté amarras, zarpe y puse a proa dos botes para que me acercasen a remo al Greenwich; pero como él estaba expuesto a un valle y una brisa, se adelantó; al ver eso un ostendés que venía en nuestra compañía, de 22 cañones, hizo lo mismo, aunque el capitán había prometido solemnemente apoyarnos, y creo que habría cumplido su palabra si el capitán Kirby hubiese mantenido la suya. Como media hora después de las doce llamé al Greenwich para que acudiese en nuestra ayuda, y le mandamos un disparo de aviso, pero sin resultado. Porque aunque creíamos que se iba a unir a nosotros, ya que después de alejarse una legua de nosotros se había puesto a la capa, como esperando, tanto el ostendés como él nos abandonaron vergonzosamente, dejándonos enfrentados a estos bárbaros e inhumanos enemigos, con sus negras y sanguinarias banderas sobre nosotros, y sin la menor esperanza de evitar que nos despedazaran. Pero Dios providente dispuso otra cosa: porque a pesar de su superioridad, les estuvimos dando batalla unas tres horas, durante las cuales el más grande recibió algún disparo cerca de la línea de flotación, lo que le hizo apartarse un poco para contener la vía de agua. El otro hizo cuanto pudo por abordarnos, y después de una hora de trabajo con los remos llegó a la distancia de media eslora de nosotros; pero por suerte hicimos astillas todos sus remos disparando, lo que los detuvo, e hizo que salváramos la vida.


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