Historia general de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas
Historia general de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas La alegría que manifestaron los de tierra al ver tan considerable presa, como creyeron al principio, se enfrió enormemente, cuando se enteraron de lo cara que les había costado. No obstante, el refuerzo de la balandra lo compensó un poco. El capitán Tew fue recibido por Caraccioli y el resto con gran cortesía y respeto, y no admiraron poco su valor al atacar la presa que había hecho, y después dar caza a Misson. Fue admitido en el consejo de oficiales que se celebró inmediatamente, para estudiar qué hacer con los prisioneros, que con los 190 traídos en esta nueva presa eran casi tan numerosos como la propia facción, aunque se les uniese Tew con sus 70 hombres. Así que se decidió mantenerlos separados de los portugueses y los ingleses apresados antes, hacerles creer que estaban en amistad con un poderoso príncipe nativo, y proponerles que eligiesen entre ayudar a la colonia con su trabajo, o ser enviados prisioneros al interior. Setenta y tres aceptaron, y el resto pidió que se les emplease en lo que fuera antes que ser mandados al interior; así que fueron 117 los destinados a trabajar en un muelle situado como media milla más arriba de la bocana del puerto, con la prohibición de traspasar los límites que se les prescribieron, bajo pena de muerte, para evitar que, conocedores de su propia fuerza, se sublevasen. Porque debo informar al lector de que a la llegada del Victoire, con las pérdidas propias y los portugueses que habían traído, cosas ambas que nadie conocía más que ellos mismos, y los que estaban ya allí prisioneros, la proporción había aumentado considerablemente; pero los hombres de Johanna estaban todos disciplinados y armados, y el Bijoux montaba guardia en el lugar donde habían puesto a trabajar a los últimos prisioneros; pero a la vez que velaban por su seguridad dentro y fuera no olvidaban atender también a su sustento, porque labraron un gran trozo de tierra y lo sembraron de maíz, cereal europeo, y otras semillas que habían encontrado a bordo de sus presas. Entre tanto Caraccioli, que dominaba el arte de la persuasión, convenció a muchos portugueses, que no tenían esperanza de regresar a casa, de que se uniesen a ellos. Misson, que no soportaba la inactividad, estaba deseoso de efectuar un crucero; pero por temor a una rebelión de los cautivos no se atrevía a debilitar la colonia restándole los hombres que necesariamente debía llevar consigo. Así que propuso renunciar a la última presa, y dejar que se fuesen en ella los prisioneros. Caraccioli y el capitán Tew se opusieron, diciendo que eso descubriría su refugio y daría lugar a que les atacasen los europeos, que tenían colonias en el continente, antes de que estuviesen en condiciones de defenderse. Misson replicó que no soportaba estar siempre recelando de los que tenía a su alrededor; que era preferible morir de una vez a vivir continuamente en el temor a morir; que había llegado el momento de despedir a los hombres de Johanna, y que no podían irse sin un barco, ni se atrevía a enviar un barco si no iba bien tripulado, ni a darle una tripulación mientras hubiese tantos prisioneros allí. Así que no había más remedio que soltarlos, o pasarlos a cuchillo. Celebraron consejo, y se acordó lo que el capitán Misson había propuesto. A continuación mandó reunir a los prisioneros y les dijo, en pocas palabras, que él se daba cuenta de las consecuencias de dejarlos en libertad; que suponía que sería atacado en cuanto se conociese su refugio; y que estaba en sus manos matarlos para evitar el dudoso destino de la guerra; pero que su humanidad no soportaría guardar en la conciencia una acción tan cruel, y que mediante sus alianzas con los nativos, esperaba estar en disposición de repeler a los asaltantes; pero exigía el juramento de cada uno de que no obraría contra él. Entonces indagó la situación de cada hombre en particular, y lo que habían perdido, todo lo cual les devolvió, diciendo a los suyos que lo descontaría de su parte, y a los prisioneros que él no hacía la guerra a los oprimidos, sino a los opresores. Los prisioneros se sintieron encantados con esta muestra de generosidad y humanidad, y dijeron que no corresponderían nunca con un trato indigno al que él les daba. Y después de aprovisionar el barco para un viaje a la costa de Zanguebar, y quitarle los cañones y la munición, así como las velas y aparejos de respeto, se les ordenó zarpar. Y partieron 137, aplaudiendo calurosamente la conducta de sus enemigos.