Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe En pocas palabras, subieron a la cima de la colina, adonde solía ir yo; sin embargo, ellos, por ser fuertes y estar en buena compañía, y no en soledad como estaba yo, no mantenían ninguna de mis precauciones al subir la escala y luego retirarla para subir la segunda etapa hasta arriba. Al contrario, subían dando vueltas por la arboleda sin preocuparse ni inquietarse cuando los sorprendió ver una luz, como de un fuego, a bien poca distancia de ellos, y oír voces de hombres, y no uno o dos, sino una gran cantidad.
En todas las ocasiones en que descubrí a los salvajes llegando a la isla mi precaución constante era impedir que descubrieran que en aquel lugar vivía alguien; y si por necesidad llegaban a saberlo, lo sentían de un modo tan eficaz que los que conseguían huir apenas eran capaces de contarlo, pues nosotros desaparecíamos enseguida y, además, nunca uno que hubiera llegado a verme consiguió escapar para contárselo a nadie, salvo los tres salvajes de nuestro último encuentro que saltaron al bote, de quienes ya dije que temía que llegaran a su tierra y volvieran con ayuda.