Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Mientras duró la noche, estuvieron bien y, durante unas horas, tuvieron ocasión de ver el fulgor de los tres fuegos que habían encendido, bastante separados entre sí; no sabían qué hacían los salvajes, ni qué podían hacer ellos mismos; en primer lugar, los enemigos eran demasiado numerosos; en segundo, no estaban todos juntos, sino divididos en varios grupos por distintos lugares del litoral.
No fue menor la consternación de los españoles al verlo: como veían que aquellos tipos deambulaban por toda la costa, no dudaron de que, antes o después, algunos darían con su residencia, o con cualquier otro lugar en el que encontraran restos de los habitantes; también los tenía perplejos de miedo el rebaño de cabras, pues su destrucción casi equivalía a morirse de hambre. Así que lo primero que decidieron fue enviar a tres hombres antes de que saliera el sol, dos españoles y un inglés, para que se llevaran todas las cabras al gran valle en que se encontraba la cueva y, si era necesario, llegaran incluso a meterlas todas allí.
Si los veían a todos juntos en un solo grupo, y a cierta distancia de sus canoas, decidieron que los atacarían aunque fueran un centenar; mas eso no era posible, pues entre algunos de ellos había dos millas de distancia y, según se supo más adelante, pertenecían a dos naciones distintas.