Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Cuando ya se habían marchado todos, los españoles salieron de la guarida, fueron a ver el campo de batalla y encontraron unos veintidós muertos sobre el terreno: a algunos los habían matado con unas flechas grandes y largas, varias de las cuales asomaban de sus cuerpos, pero la mayoría habían sucumbido a las grandes espadas de madera, de las que aparecieron unas dieciséis o diecisiete en el mismo campo de batalla, así como otros tantos arcos y una gran cantidad de flechas. Dichas espadas eran grandes e inmanejables y los hombres que las usaban debían de ser muy fuertes; la mayoría de los asesinados con esas armas tenían las cabezas hechas añicos, por así decirlo, o como también suele decirse, los sesos aplastados; unos cuantos tenían también las piernas y los brazos rotos: o sea, era evidente que peleaban con una ira y una furia indecibles. No había ningún herido, nadie que no estuviera muerto del todo, pues o bien se quedan junto al enemigo hasta que logran matarlo o bien se llevan consigo a todos los heridos que no han llegado a morir.