Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Y eso no era todo: habían hecho lo mismo en toda la tierra, a derecha e izquierda, e incluso hasta la cima de la colina, sin dejar camino libre ni para salir ellos mismos, salvo que fuera con la escala apoyada en la ladera y luego levantada para subir un segundo tramo: cuando se retiraba dicha escala, nadie podía acercarse a ellos si no tenía alas o contaba con algo de brujería.
Se trataba de una invención excelente y el tiempo demostró que estaba más que justificada; eso me convenció de que, si bien la prudencia de los humanos se justifica con la autoridad de la Providencia, también es indudable que cuenta con la dirección de la misma para ponerse en marcha y, si escucháramos su voz con atención, estoy convencido por completo de que evitaríamos muchos de los desastres a que se someten nuestras vidas por nuestra propia negligencia; pero así son las cosas.
Vuelvo a la historia: después de eso vivieron dos años en retiro absoluto y no recibieron más visitas de los salvajes: cierto que una mañana se llevaron un susto que los sumió en una gran consternación, pues algunos de los españoles habían salido a primera hora hacia el lado, o extremo, oeste de la isla, que —por cierto— era el lado hacia el que yo nunca iba por miedo a ser descubierto, y se llevaron la sorpresa de ver más de veinte canoas que se acercaban a la orilla.