Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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El caso es que decidieron no trasladar la residencia. Sin embargo, estuvieron de acuerdo en que, igual que yo la había tapado cuidadosamente con un muro y una fortificación, y luego con una arboleda, y viendo que toda su seguridad dependía de la capacidad de permanecer ocultos, pues ahora sí estaban plenamente convencidos de ello, pusieron manos a la obra para tapar y esconder el lugar de modo aún más eficaz que antes; con tal propósito, igual que yo había plantado árboles (o, más bien, clavado estacas que con el tiempo crecieron hasta convertirse en árboles) a una buena distancia de la entrada de mi residencia, ellos hicieron lo mismo a partir de allí y llenaron el resto de aquel espacio de tierra, desde los árboles plantados por mí hasta la orilla del riachuelo, donde, como ya he contado, yo había desembarcado mis balsas; llegaron incluso hasta el lodo formado por la marea en la tierra, sin dejar ni un espacio para desembarcar, ni señal alguna de que allí hubiese habido nunca un lugar donde hacerlo. Aquellas estacas, además, eran de una madera que crecía muy deprisa, como ya he comentado anteriormente, y se aseguraron de que fuesen, por lo general, mucho más grandes y largas que las mías, y las colocaron tan juntas y apretadas que, al cabo de tres o cuatro años de crecer no había ya manera posible de mirar entre ellas hacia la plantación. En cuanto a las que había plantado yo, los troncos habían alcanzado el grosor del muslo de un hombre; entre ellos, habían colocado otros más cortos y tan juntos que, en pocas palabras, parecía una empalizada de un cuarto de milla, de modo que resultaba casi imposible penetrar en su interior si no era con un pequeño ejército que se dedicara a talarlo todo; había tan poca separación entre los árboles que incluso a un perro pequeño le hubiera costado avanzar entre ellos.


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