Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe A continuación, tras largo debate, se decidió que no debían trasladar la residencia, pues creían que antes o después volverían a oír de su gobernador (o sea, de mí); y si yo enviaba gente en su busca, seguro que la instruía para dirigirse a esa parte, donde tal vez concluirían, en caso de encontrarse la residencia demolida, que los salvajes los habían matado a todos y que se habían ido, de modo que también los salvadores se irían.
En cuanto a los cultivos y el ganado, acordaron trasladarlos al valle en que se encontraba mi cueva, donde la tierra era más apropiada para ambas actividades y donde, sin duda, abundaba el espacio disponible; sin embargo, tras volverlo a pensar alteraron también una parte de aquella decisión y resolvieron llevarse sólo parte del ganado y plantar allí sólo una parte del grano; de este modo, si una de las partes se destruía, la otra podía salvarse; y aplicaron algo de prudencia, lo cual estuvo muy bien, pues nunca habían confiado a aquellos tres salvajes, tomados como prisioneros, ninguna información sobre la plantación que tenían en el valle, ni sobre el ganado que allí guardaban; menos aún sobre la cueva, que conservaban por si algún día la necesitaban como refugio seguro; hasta allí llevaron también dos barriles de pólvora que yo les había dejado al partir.