Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Al llegar allí vieron que los salvajes habían estado en el bosque, y muy cerca del lugar, pero no lo habían descubierto; desde luego, era inaccesible gracias a que los árboles estaban muy juntos, como ya se ha contado, de manera que quienes lo buscaran sólo podían verlo si los dirigía alguien que lo conociera, como no era el caso. En consecuencia, lo encontraron todo a salvo, aunque las mujeres estaban espantadas. Mientras permanecían allí fueron auxiliados por la llegada de siete españoles que acudían en su ayuda; los otros diez, con sus sirvientes y con el viejo Viernes, es decir, el padre de Viernes, se habían ido juntos a defender la glorieta, y el grano y el ganado que allí conservaban, por si acaso los salvajes llegaban deambulando hasta esa parte del territorio. Sin embargo, no llegaron tan lejos. Con los siete españoles acudió uno de los sirvientes que, como ya he dicho, habían sido prisioneros suyos al principio, e iba también el salvaje al que los ingleses habían dejado atado de pies y manos a un árbol; al parecer, habían pasado por allí, habían visto la matanza de los siete hombres y habían desatado al octavo para llevárselo con ellos, aunque luego se habían visto obligados a atarlo de nuevo, igual que lo habían atado los dos primeros.




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