Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Dividieron las armas de fuego equitativamente entre las tres partes, y otro tanto hicieron con las alabardas y las picas. Ellos querían mantener aparte a las mujeres, mas ellas dijeron que estaban decididas a morir con sus maridos. Tras formar así su pequeño ejército marcharon para salir de entre los árboles y plantarse ante el enemigo, gritando y aullando tan fuerte como podían. Los salvajes permanecieron juntos, pero presa de la mayor confusión al oír el ruido que armaban nuestros hombres, gritando desde tres sitios distintos a la vez: si nos hubieran visto habrían luchado, y alguna flecha tiraron cuando al fin nos vieron suficientemente cerca e hirieron al pobre padre de Viernes, aunque levemente. Pero nuestros hombres no les dieron tiempo y, corriendo hacia ellos, les dispararon desde los tres lados, y luego se les echaron encima con las culatas de los mosquetes, las espadas, las picas y las hachuelas; les atacaron tan bien que, en pocas palabras, los redujeron a un lúgubre gritar y aullar, y los impulsaron a huir hacia donde pudieran para salvar la vida.