Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Nuestros hombres, aunque felices por la victoria, durmieron poco esa noche; sin embargo, tras descansar como buenamente pudieron, decidieron marchar hacia la parte de la isla a la que habían huido los salvajes y ver en qué posición estaban. Eso les obligaba a pasar por el lugar de la batalla, donde encontraron a unas cuantas criaturas no muertas del todo, pero más allá de cualquier posibilidad de recuperar la vida, una visión bastante desagradable para cualquier mente generosa; pues un hombre verdaderamente grande, aunque la ley de la batalla lo obligue a destruir al enemigo, no se regodea en sus miserias.
En cualquier caso no hizo falta dar ninguna orden, pues sus propios salvajes, que les hacían de sirvientes, se encargaron de aquella gente con sus hachuelas.
Al fin llegaron a la vista del lugar en que habían quedado los restos más desgraciados del ejército salvaje, donde parecían quedar todavía un centenar: por lo general estaban sentados en el suelo, con las rodillas alzadas hasta la altura de la boca, la cabeza apoyada en las manos y estas en las rodillas.