Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Cuando nuestros hombres llegaron a distancia de tiro de mosquete, el gobernador español mandó disparar dos tiros sin munición para asustarlos; lo hizo para así, en función de su semblante, saber qué debía esperar de ellos. Es decir, si seguían con espíritu de lucha o ya estaban tan absolutamente derrotados que se encontraban sin ánimo ni valor para actuar en consecuencia.
La estratagema funcionó: en cuanto los salvajes oyeron el primer disparo y vieron el fogonazo del segundo se levantaron de un salto con la mayor consternación imaginable y, mientras nuestros hombres avanzaban ágilmente hacia ellos, salieron corriendo y gritando, con una especie de aullido que los nuestros no entendían y que jamás habían oído; y así echaron a correr ladera arriba hacia el monte.
Al principio, nuestros hombres hubieran preferido que el tiempo estuviera en calma para que los salvajes se hicieran a la mar; sin embargo, en ese momento no habían tenido en cuenta que probablemente eso habría ocasionado su regreso con una multitud irresistible; o al menos, que volvieran tantos y tan a menudo como para desolar la isla y matarlos de hambre. De modo que Will Atkins, que pese a sus heridas seguía con ellos, resultó en este caso ser el mejor consejero. Su consejo fue aprovechar la ventaja de que disponían e interponerse entre ellos y sus canoas para dejarlos sin posibilidad alguna de regresar jamás a plagar la isla.