Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Luego me contaron que los salvajes con los que vivÃan esperaban que los acompañasen en sus expediciones de guerra; y era cierto que, como tenÃan armas de fuego, si no les hubiera ocurrido el desastre de perder la munición, no sólo hubieran resultado muy útiles a sus amigos, sino que se hubieran convertido en el terror de amigos y enemigos; sin embargo, se habÃan quedado sin pólvora y munición, en una situación que no les permitÃa negarse razonablemente a salir a guerrear con sus anfitriones; cuando llegaban al campo de batalla estaban en peores condiciones que los propios salvajes, pues no tenÃan ni arcos ni flechas, ni sabÃan usar los que les daban los salvajes, de modo que no podÃan hacer más que quedarse quietos y ser heridos por las flechas del enemigo hasta que llegaba el momento de enfrentarse a este cuerpo a cuerpo; entonces sà les resultaban útiles las tres alabardas que tenÃan y a menudo se llevaban por delante todo un pequeño ejército con ellas y con los palos afilados que colocaban en el cañón de los mosquetes; sin embargo, a pesar de ello a veces se veÃan rodeados por multitudes y corrÃan grandes peligros por culpa de las flechas; hasta que al fin encontraron el modo de hacerse unos escudos grandes de madera que luego cubrieron con pieles de fieras salvajes cuyos nombres ignoraban, y con eso se protegÃan de los flechazos de los salvajes; aun asÃ, a veces corrÃan grandes peligros y hasta una vez cayeron cinco a la vez por los palos de los nativos, en la misma ocasión en que uno de ellos fue hecho prisionero; es decir, el español al que yo habÃa salvado. Al principio creyeron que habÃa muerto, pero cuando más adelante oyeron que habÃa sido apresado, experimentaron la mayor pena imaginable y de buena voluntad habrÃan arriesgado todos la vida por rescatarlo.