Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Mi amigo ya no pudo aguantar más y exclamó: «¡San Pablo, san Pablo, detén los rezos!». Temeroso de que Atkins lo oyera, le supliqué que se contuviera un momento para que pudiéramos ver el fin de aquella escena que para mÃ, debo confesarlo, era lo más emocionante, y al mismo tiempo lo más agradable que habÃa visto en mi vida. Bueno, luchó consigo mismo y se contuvo un rato más, pero le dio tal rapto de alegrÃa al pensar que la pobre pagana se habÃa hecho cristiana que ya no pudo contenerse más. Soltó varios sollozos; luego abrió las manos, trazó la señal de la cruz sobre el pecho y pronunció varias jaculatorias para agradecer a Dios aquel testimonio tan milagroso del éxito de nuestros esfuerzos; algunas las dijo en voz baja y no pude oÃrlas bien; otras fueron audibles. Algunas en latÃn, otras en francés; luego, las lágrimas de alegrÃa lo interrumpieron dos o tres veces y no pudo decir ni palabra. Mas le rogué que se calmara y nos dejara observar de modo más detallado y completo lo que estaba ocurriendo ante nuestros ojos, cosa que hizo durante un rato, y vimos que la escena aún no habÃa terminado; cuando el pobre hombre y su esposa volvieron a levantarse vimos que él seguÃa dirigiéndose a ella con gran intensidad; y por los movimientos de la esposa advertimos que lo que él decÃa la afectaba en gran manera, pues alzaba con frecuencia los brazos, se llevaba una mano al pecho y adquirÃa otras posturas de las que por lo común expresan una gran seriedad y atención. Eso se prolongó durante cerca de un cuarto de hora y luego se alejaron, de modo que ya no pudimos verlos más en situación.