Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Aproveché el intervalo para hablar con mi clérigo. Lo primero que le dije fue que estaba encantado de haber visto los detalles que ambos acabábamos de presenciar; que, pese a ser poco crédulo en esa clase de circunstancias, empezaba a pensar que todo habÃa sido muy sincero, tanto por parte del hombre como de su esposa, por muy ignorantes que fueran ambos; y que esperaba que semejante principio tuviera un final aún más feliz. «Y quién sabe —le dije—. Quizás estos dos, con el tiempo, por medio de la instrucción y el buen ejemplo, se trabajen a algunos de los demás». «¿Algunos? —contestó él, volviéndose deprisa hacia m×. Qué va, todos. Puede darlo por hecho. Si estos dos salvajes (pues, según vuestro relato, él no ha sido mucho mejor que eso) pueden abrazar a Jesucristo, no se detendrán hasta que hayan contagiado a todos los demás; porque la verdadera religión es comunicativa por naturaleza y una vez que alguien se hace cristiano ya no deja tras de sà pagano alguno si puede evitarlo». Admità que ese pensamiento correspondÃa a un principio muy cristiano y era testimonio de su auténtico celo, asà como de la generosidad de su corazón. «Sin embargo, amigo mÃo —le dije—, ¿me concedéis la libertad de plantear una dificultad? No puedo poner ni la menor objeción al afectuoso interés que mostráis por la conversión de esta gente del paganismo a la religión cristiana; sin embargo, no veo cómo puede consolaros si tenemos en cuenta que esta gente, según vuestro punto de vista, queda fuera de la protección de la Iglesia católica, sin la cual vos mismos creéis que no hay salvación posible; de modo que en vuestra opinión siguen siendo herejes y, por otras razones, tan perdidos como los propios paganos».