Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe [De haber sido capaz de contener mis pasiones, hubiera seguido hablando; mas me parecía que el arrepentimiento de aquel hombre era mucho más sincero que el mío y que debía abandonar allí la conversación y retirarme, pues estaba tan sorprendido con lo que él decía y pensaba que, en vez de dedicarme a enseñarle e instruirlo, se había convertido él en mi profesor e instructor del modo más sorprendente e inesperado].
Expliqué todo eso al joven clérigo, que estaba en gran medida afectado por ello, y él me preguntó: «¿Acaso no os dije, señor, que si este hombre se convertía en un verdadero penitente yo dejaría de ser necesario aquí, pues él solo cristianizaría a toda la isla?». Mas como ya me había recuperado un poco renové mi conversación con Will Atkins.
«Pero, Will —le pregunté—, ¿cómo que sólo ahora os afecta este asunto?».
W. A.: Señor, me habéis propuesto una tarea que ha clavado un dardo en mi alma; he estado hablando de Dios y de religión con mi esposa, tal como me indicasteis, con la intención de hacer de ella una cristiana; y ella me dedicó un sermón que no olvidaré mientras viva.
R. C.: No, no; no es vuestra esposa quien predica; es que mientras le estabais planteando argumentos religiosos, vuestra conciencia os los ha lanzado de vuelta.
W. A.: Así es, señor; y con una fuerza que no se puede resistir.