Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Hablamos un poco y me pareció que no tenían ningún libro, aunque no lo pregunté. En lugar de hacerlo, me llevé la mano al bolsillo y saqué mi Biblia. «Tened —dije a Atkins—. Os he traído una ayuda con la que hasta ahora quizá no contabais». El hombre estaba tan confuso que no fue capaz de decir nada durante un rato; sin embargo, recuperándose, la cogió con las dos manos y se volvió hacia su esposa: «Toma, querida —le dijo—, ¿acaso no te dije que nuestro Dios, pese a vivir allí arriba, podía oír lo que decimos? He aquí el libro por el que recé cuando nos arrodillamos juntos bajo el matorral; Dios nos ha oído y nos lo envía». Después de decir eso, el hombre cayó en tal trance de alegría apasionada que, entre la felicidad que le proporcionaba tener una Biblia y el afán por agradecérselo, las lágrimas le corrían por la cara como a los niños cuando lloran.