Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Me eché una de las biblias al bolsillo y, al llegar a la casa, o choza, de William Atkins, descubrí que la joven y la esposa bautizada de Atkins habían estado juntas hablando de religión (pues William me lo hizo saber con gran alegría). Pregunté si aún estaban juntas y él me dijo que sí. Entonces entré en la casa, y él conmigo, y las vimos juntas, enfrascadas en una conversación muy solemne. «Ay, señor —dijo William Atkins—, cuando Dios tiene que reconciliar consigo a los pecadores, o ha de atraer a los ajenos, nunca quiere un mensajero; mi esposa ha encontrado una nueva instructora: yo sabía que era tan indigno como incapaz de ocuparme de esa tarea; esta mujer ha sido enviada por los cielos, por sí sola podría convertir a toda una isla de salvajes». La joven se sonrojó y se levantó para alejarse, mas yo le pedí que permaneciera quieta: le dije que llevaba un buen trabajo entre manos y que esperaba que Dios bendijera su tarea.








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