Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Al llegar a casa de Will Atkins (si puedo llamarla así, pues no creo que hubiera en el mundo otra casa como aquella, ni una obra semejante de cestería), digo que al llegar descubrí que la joven antes mencionada y la esposa de William Atkins habían intimado. Y aquella joven prudente y religiosa había perfeccionado la obra comenzada por Will Atkins; aunque no habían pasado más de cuatro días de lo que he relatado anteriormente, aquella salvaje recién bautizada era tan buena cristiana que prácticamente nunca he oído de un caso como el suyo en todas mis observaciones y conversaciones por el mundo.

A la mañana siguiente, antes de reunirme con ellos, lo primero que se me ocurrió fue que no había incluido una Biblia entre todos los artículos de primera necesidad que debía dejarles; ello demuestra que mi consideración por ellos era menor que la que mostrara por mí mi buena amiga, la viuda, cuando me envió un cargo de cien libras desde Lisboa, en el que incluyó tres biblias y un libro de oraciones. De todos modos, la caridad de aquella buena mujer tuvo un alcance mayor de lo que ella había imaginado, pues las biblias se reservaron para el consuelo y la instrucción de gente que iba a hacer mejor uso que yo de las mismas.



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