Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe El tiempo seguía en calma y ellos se acercaron a buen ritmo; así que mandé anclar y coger un rizo en todas las velas. En cuanto a los salvajes, les dije que no debían temer de ellos más que el fuego; en consecuencia, debían sacar los botes y amarrarlos, uno cerca de la proa y el otro junto a la popa, y cargarlos de hombres y esperar a ver qué pasaba en esa posición; lo hice con la intención de que los hombres de los botes estuvieran listos, con mantas y cubos, para apagar cualquier fuego que aquellos salvajes pretendieran encender en la parte exterior del barco.
En esa disposición los esperamos y al poco rato llegaron hasta nosotros: nunca un cristiano se enfrentó a una visión tan horrible: mi oficial se había equivocado de largo al calcular cuántos eran, me refiero al millar de canoas: lo máximo que llegamos a contar cuando se acercaron fueron unas 126; aun así eran muchos los hombres, pues en algunas iban hasta dieciséis o diecisiete, o incluso más, y seis o siete en las que menos.