Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Tanto me molestó la pérdida de mi viejo y fiable sirviente y compañero que de inmediato mandé cargar cinco cañones con munición pequeña y cuatro con balas grandes, para mandarles una andanada como no hubieran oído en su vida. No estaban todavía a medio cable náutico de distancia cuando disparamos; nuestros cañoneros apuntaron tan bien que tres o cuatro canoas volcaron, según pudimos deducir, por un solo disparo. Los malos modales de mostrarnos la espalda no nos habían ofendido; tampoco sabía a ciencia cierta si ellos podían entender aquello que entre nosotros se entendería como el mayor desprecio. Yo había decidido disparar cuatro o cinco cañonazos cargados sólo con pólvora, sabiendo que eso bastaría para asustarlos; mas cuando nos empezaron a tirar flechas con toda la furia de que eran capaces, y sobre todo después de que mataran al pobre Viernes, a quien yo tenía en tanto amor y tanta estima, sin duda con pleno merecimiento por su parte, pensé que ya no sólo era justificable ante Dios y los hombres, sino que me hubiera encantado volcar todas las canoas que allí había y ahogar a todos sus tripulantes.