Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Jamás un barco llegado a esa zona tuvo tan poca faena como el mío; sin embargo, nos costó grandes dificultades que se nos permitiera mantener la menor correspondencia con la costa. Ni siquiera mi socio, aún vivo y con gran autoridad entre la población, ni mis dos mercaderes albaceas, ni la fama de mi asombrosa supervivencia en la isla me valieron para obtener el favor; sin embargo, mi socio recordó que yo había dado quinientos moidores al prior del monasterio de los Agustinos y trescientos setenta y dos a los pobres, fue al monasterio y obligó al prior a ir a ver al gobernador y pedirle permiso para que yo, con el capitán y otro oficial, además de ocho marineros, y nadie más, pudiéramos desembarcar. Y todo con la condición, absolutamente aceptada por nuestra parte, de que ni siquiera intentáramos desembarcar ningún material o llevarnos de allí alguna persona sin permiso previo.
Fueron tan estrictos con nosotros en cuanto concierne al desembarco de bienes que tuve unas dificultades extremas para bajar a tierra tres fardos de artículos ingleses como telas finas y algo de lino que había llevado como regalo para mi socio.