Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Y ahora que nombro de nuevo al pobre hombre, debo despedirme de él: ¡el pobre y honesto Viernes! Para enterrarlo con toda la decencia y solemnidad posibles, lo metimos en un ataúd y lo lanzamos al mar; hice que disparasen once cañonazos por él y así terminó la vida del sirviente más agradecido, leal, honesto y afectuoso que jamás tuvo hombre alguno.
Seguimos viaje con viento a favor hacia Brasil y, al cabo de unos doce días, avistamos tierra en una latitud de cinco grados al sur de la línea: se trataba de la tierra que quedaba más al noreste en esa parte de América. Mantuvimos rumbo sureste durante cuatro días, a la vista de la costa, hasta que distinguimos el cabo de San Agustín y, tres días después, llegamos a anclar en Bahía de Todos los Santos, lugar de mi vieja salvación, de donde venía tanto lo mejor como lo peor de mi destino.