Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe De nuevo navegábamos, pero yo era la criatura más desconsolada sobre la tierra por la ausencia de mi Viernes; de buen grado habría regresado a la isla para llevarme a uno de los que quedaban allí, pero no podía ser; así que seguimos adelante. Teníamos, como ya he dicho, un prisionero; pasó largo tiempo sin que consiguiéramos hacerle entender nada, mas llegado el momento nuestros hombres le enseñaron algo de inglés y empezó a ser un poco más tratable; luego le preguntamos de qué país procedía, pero no supimos interpretar su respuesta; su habla era tan extraña, tan llena de guturales y articulada en la garganta de un modo hueco y extraño, que nunca conseguimos que pronunciase una palabra. Todos opinábamos que aquella lengua se podía hablar hasta con una mordaza, pues nunca nos pareció que hicieran el menor uso de los dientes, la lengua, los labios o el paladar; más bien formaban las palabras igual que el cuerno de caza forma una melodía, abriendo la garganta. En cualquier caso, más adelante, cuando conseguimos enseñarle a hablar un poco de inglés, nos dijo que iban, con sus reyes, a librar una gran batalla. Cuando mencionó a sus reyes le preguntamos cuántos eran. Dijo que había cinco nación (no pudimos hacerle entender el plural) y que se habían unido todas para luchar contra dos nación. Le preguntamos por qué se habían acercado a nosotros. Dijo: «Para hacer gran maravilla vista». Obsérvese que todos esos nativos, igual que los de África, cuando aprenden inglés añaden siempre una segunda «e» a las palabras que terminan con dicha letra, además de acentuarla: makeé, takeé, cosas por el estilo. Y no conseguíamos que dejaran de hacerlo; no, apenas conseguí que Viernes lo corrigiera, aunque al fin sí lo hizo.