Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Teníamos ciertamente un prisionero, pero la criatura estaba tan amargada que se negaba a comer y hablar. A todos nos parecía bien que se muriera de hambre, mas yo encontré la manera de curarlo: hice que lo montaran en la chalupa y le hicieran creer que, si se negaba a hablar, lo volveríamos a tirar al mar para dejarlo donde lo habíamos encontrado; como no surtía efecto, lo tiraron de verdad y hasta se alejaron de él: entonces él los siguió, pues flotaba como un corcho, y los llamó en su lengua, aunque ellos no conocían ni una palabra de cuanto decía. En cualquier caso, al fin lo recogieron de nuevo y entonces empezó a ser más tratable; yo nunca había tenido la intención de que lo dejaran ahogarse.