Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe El primer hombre que capturaron era un marino inglés, robusto y fuerte, que pese a llevar un mosquete en las manos ni siquiera intentó disparar y lo posó en el interior del bote. Pensé que era un estúpido, pero resultó que sabía del asunto mucho más de lo que yo pudiera enseñarle, pues a continuación agarró al pagano y lo arrastró por pura fuerza para sacarlo de su bote y meterlo en el nuestro. Una vez allí lo cogió por las orejas y le golpeó la cabeza contra la borda con tanta fuerza que el tipo murió de inmediato entre sus manos; mientras tanto, un holandés que iba a su lado cogió el mosquete y empezó a soltar tales golpes con la culata que tumbó a cinco nativos que intentaban entrar en el bote. Sin embargo, eso era poco a la hora de resistirse a treinta o cuarenta hombres que se acercaban sin ningún miedo, pues ignoraban el peligro que corrían, y empezaban a lanzarse hacia el interior de la chalupa, defendida tan sólo por cinco hombres. Mas los nuestros obtuvieron una victoria absoluta gracias a un accidente que nos dio más risa que otra cosa y que ocurrió como sigue: nuestro carpintero, preparado para calafatear el exterior del barco, así como para cerrar las junturas que había enmasillado para detener las vías de agua, acababa de dejar dos ollas en el bote: una llena de brea hirviendo y la otra con resina, sebo y aceite y otras cosas que usan los artesanos para trabajar los cascos; el hombre que ayudaba al carpintero tenía un gran cazo de hierro en la mano, con el que iba repartiendo aquel material ardiente a los trabajadores. Dos enemigos entraron en el bote justo por donde estaba este, en la parte delantera, quien los untó de inmediato con un cazo de aquel material, hirviendo de tan caliente, y como iban medio desnudos quedaron tan quemados y escaldados que se fueron rugiendo como toros y, enloquecidos por el fuego, se echaron al mar. El carpintero lo vio y exclamó: «¡Bien hecho, Jack! ¡Dales un poco más!». Luego dio un paso adelante él mismo, cogió una mopa, la hundió en el bote de brea y él y su hombre la vertieron entre los nativos en tal cantidad que, en pocas palabras, de todos los hombres que iban en los tres botes no quedó ninguno que no estuviera quemado y escaldado de la manera más espantosa y penosa, y todos gritaban y aullaban tanto que jamás he oído un sonido peor ni, por supuesto, parecido; merece la pena observar que aunque el dolor genera una necesidad natural de gritar, cada nación tiene un modo particular de exclamar y hacer ruidos tan distintos de los demás como el lenguaje. No puedo dar al ruido que hacía esa gente otro nombre que el de «aullidos», ni encontrar una palabra que defina el tono con más exactitud, pues nunca había oído nada que se pareciera tanto al ruido que hacen los lobos a los que, como ya he explicado, oí aullar en el bosque de la frontera del Languedoc.