Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Desde Formosa seguimos navegando hacia el norte, manteniéndonos a distancia de la costa hasta que supimos que habíamos dejado atrás todos los puertos de China a los que suelen acudir los barcos europeos. Estábamos decididos a no caer, en la medida de lo posible, en manos de ninguno; sobre todo en aquellas tierras, donde, siendo nuestras circunstancias las que eran, acabaríamos inevitablemente en la ruina; más aún, a mí en particular me daba tanto miedo ser capturado por ellos que creo firmemente que hubiera preferido caer en manos de la Inquisición española.

Al llegar a los 30 grados de latitud decidimos entrar en el primer puerto comercial al que arribáramos y, cuando nos acercábamos a la costa, un bote navegó dos leguas para llegar hasta nosotros, con un piloto portugués a bordo que, sabedor de que éramos europeos, venía a ofrecer sus servicios, de lo que nos alegramos ciertamente y lo aceptamos a bordo; a continuación, sin preguntar siquiera adónde íbamos, se despidió del bote y lo envió de vuelta a la orilla.

Como a mí me parecía que podíamos escoger adónde queríamos que nos llevara el anciano, empecé a decirle que nos llevara hasta el golfo de Nanquín, que queda en el extremo norte de la costa de China. El viejo dijo que conocía muy bien el golfo de Nanquín, mas luego sonrió y preguntó qué se nos había perdido allí.


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