Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe «Bueno —le dije—, señor portugués, eso ahora no nos interesa. La gran cuestión es si usted nos puede llevar hasta la ciudad de Nanquín, desde donde ya viajaremos a Pekín más adelante». Sí, dijo, podía hacerlo perfectamente y había un gran barco holandés que acababa de ir hacia allí. Eso me asustó un poco: la idea de un barco holandés representaba nuestro mayor miedo y hubiéramos preferido encontrarnos con el diablo, siempre que no se encarnara en una figura horrenda; dábamos por hecho que un barco holandés implicaba nuestra destrucción, pues no estábamos en situación de luchar contra ellos: todos los barcos que usan para el comercio en esa zona son de gran tamaño y mucho mejor armados que el nuestro.
El anciano, viéndome algo confundido y sumido en la preocupación al nombrar el barco holandés, me dijo: «Señor, no tenéis nada que temer de los holandeses. Entiendo que ahora no están en guerra con vuestra nación». «No —contesté—, es cierto. Mas no sé qué libertades podrían tomarse sus hombres, tan lejos del alcance de las leyes de su país». «Vaya —me insistió—, ustedes no son piratas, ¿qué van a temer? No se van a meter con unos pacíficos comerciantes, eso seguro».