Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Si hubo alguna gota de sangre que no se me subiera a la cara al oír esa palabra, sería porque la detuvo alguna barrera dispuesta en las venas para la circulación, pues me sumió en el desconcierto y la confusión mayores que imaginarse pueda; tampoco me fue posible disimularlo, y el anciano lo percibió enseguida.
«Señor —me dijo—, noto un cierto desorden en vuestros pensamientos a causa de mi conversación. Os lo ruego, id donde os parezca oportuno y confiad en que os prestaré tanto servicio como pueda». «Caramba, señor —respondí—, es cierto, en este momento, estoy algo indeciso a la hora de resolver adónde dirigirnos; aún más al oír cuanto habéis dicho sobre los piratas. Espero que no los haya en estos mares; estamos en pésima situación para encontrarnos con ellos; ya ve que llevamos pocas armas y una tripulación bien escasa».
«Ah, señor —dijo el anciano—, no os preocupéis: no me consta que haya habido barcos piratas en estos mares durante los últimos quince años, salvo uno que fue avistado, según me cuentan, hará cosa de un mes en la bahía de Siam; mas podéis estar seguro de que se ha ido hacia el sur. Tampoco era un barco de gran poderío, ni preparado para la piratería. No estaba construido para guerrear, pero una tripulación de forajidos huyeron con él después de que los nativos de Malaca mataran al capitán y a algunos de sus hombres en la isla de Sumatra, o cerca de ella».