Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Como sabía que el anciano ya estaba a bordo y no podía hacerme ningún daño, le respondí bruscamente: «Bueno, señor —le dije—, esa es precisamente la razón por la que quiero que nos lleve a Nanquín, y no de vuelta a Macao, ni a cualquier otra parte de estas tierras en la que pueda haber barcos ingleses u holandeses. Debe saber, señor, que esos capitanes de los barcos ingleses y holandeses son una panda de precipitados, vanidosos e insolentes que ni saben en qué consiste la justicia, ni cómo comportarse según dictan las leyes de Dios y de la naturaleza; orgullosos en el ejercicio de sus cargos e incapaces de entender su poder, son capaces de castigar el robo con asesinato, se arrogan el derecho de insultar a las víctimas de una falsa acusación y deciden que son culpables sin previa investigación; tal vez viva lo suficiente para reclamar cuentas a algunos de ellos en circunstancias en que se les pueda enseñar cómo debe ejecutarse la justicia sin que pueda tratarse como criminal a ningún hombre salvo que pueda mostrarse alguna prueba de que hubo tal crimen y él fue su autor».