Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Fuera como fuese, ese era nuestro miedo; y ni mi socio ni yo conseguíamos conciliar el sueño sin soñar con la soga y el penol, es decir, con la horca; con batallas y apresamientos; con matar y morir. Una noche me entró tal furia en mis sueños, convencido de que los holandeses nos habían abordado y yo estaba golpeando a uno de ellos, que pegué un puñetazo en el mamparo de mi camarote con tanta fuerza que me lesioné gravemente la mano, me partí los nudillos y me llené de cortes y magulladoras hasta el extremo de despertarme por el golpe y llegar incluso a creer que perdería dos dedos.
Otro miedo que tenía era el mal trato que recibiríamos si caíamos en sus manos. Entonces me acudía a la memoria la historia de la masacre Amboina y de cómo los holandeses eran capaces de torturarnos, igual que habían hecho allí con nuestros compatriotas; podían conseguir que nuestros hombres, sometidos al terror de la tortura, confesaran crímenes que jamás habían cometido y se acusaran, junto a todos nosotros, de haber practicado la piratería; en ese caso, nos harían matar con una apariencia formal de justicia; y hasta podría ser que tuvieran la tentación de hacerlo para obtener el beneficio de nuestro cargamento, que en total alcanzaba un valor de unas cuatro mil o cinco mil libras.