Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Sin embargo, el miedo, esa pasión ciega e inútil, surtió el efecto contrario y nos sumió en sus vapores; apabulló nuestro entendimiento y puso a trabajar nuestra imaginación para que esta creara un millar de situaciones horribles que tal vez no ocurrirían jamás. Primero dimos por supuesto, como sin duda habían hecho todos los que nos contaban la historia, que los marinos de los barcos ingleses y holandeses, pero sobre todo los holandeses, sentían tal ira ante la mera mención de un pirata, y sobre todo por cómo habíamos derrotado a los botes antes de huir, que no se iban a conceder el tiempo necesario para averiguar si éramos piratas o no; que nos iban a ejecutar de entrada, por así llamarlo, sin darnos espacio para la defensa. Pensamos que encontrarían tantas pruebas aparentes que apenas preguntarían nada más; para empezar, el barco era desde luego el mismo y algunos de aquellos marinos lo conocían o incluso habían navegado en él; además, en el río de Camboya, en cuanto supimos que venían a examinarnos nos enfrentamos a sus botes y huimos, de modo que no nos quedó duda de que estarían tan convencidos de nuestra condición de piratas como nosotros de lo contrario; y yo mismo había reconocido a menudo estar seguro de que, en caso de haberme encontrado en su lugar, habría interpretado como pruebas todas aquellas circunstancias; y no hubiera tenido el menor escrúpulo a la hora de descuartizar a toda la tripulación sin creer nada que pudieran ofrecer en su defensa, o acaso sin planteármelo siquiera.