Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe A veces también el valor natural ocupaba su lugar; entonces, me ponía a hablar conmigo mismo con la vigorosa resolución de no permitir que una panda de desgraciados sin piedad me diera un bárbaro maltrato a sangre fría; que habría sido mucho mejor caer en manos de los salvajes, que por ser comedores de hombres sin ninguna duda se habrían dado un banquete conmigo, antes que ser preso de aquellos que tal vez descargaran sobre mí su ira con torturas y barbaridades inhumanas; que, en el caso de los salvajes, siempre había mantenido la resolución de luchar hasta el último aliento y ahora debía hacer lo mismo, pues era mucho más terrible, al menos para mí, la idea de caer en manos de aquellos hombres que la posibilidad de que otros me comieran. Porque los salvajes, dicho sea en justicia, no se comen a un hombre antes de que muera: lo matan primero, como hacemos nosotros con las reses. En cambio, aquellos hombres tenían muchas artes que iban más allá de la crueldad de la muerte. Cuando se me imponían esos pensamientos, caía sin falta en una especie de fiebre, con las agitaciones propias de un supuesto ataque: me hervía la sangre y mis ojos soltaban chispas como si estuviera enajenado; y siempre decidía que no aceptaría cuartel en sus manos; que al final, si no podía ofrecer más resistencia, volaría el barco con todo lo que contuviera y les dejaría bien poco botín del que ufanarse.