Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Por mi parte, me libraba también un peso de mi corazón que ya no era capaz de soportar. Como he dicho antes, decidimos no volver a hacernos a la mar con aquel barco. Cuando llegamos a la costa, el viejo piloto, que ahora era nuestro amigo, nos consiguió alojamiento y un almacén para nuestros artículos. Por cierto, ambos lugares se parecían mucho: una pequeña casa, o choza, adjunta a otra más grande, todo construido con cañas y rodeado por una empalizada del mismo material para protegerlo de los rateros, pues al parecer no eran pocos en esas tierras. De todos modos, los magistrados nos concedieron a todos una pequeña guardia y teníamos con nosotros a un soldado con una especie de alabarda, o media pica, que montaba guardia ante nuestra puerta y a quien dábamos cada día una libra de arroz y una pequeña moneda, de un valor en torno a los tres peniques, para que nuestras propiedades estuvieran a salvo.
Aunque hacía ya tiempo que se había celebrado allí una feria, o mercado, resultó que quedaban tres o cuatro juncos en el río, más dos barcos de Japón que habían comprado artículos chinos y aún no se habían ido porque los comerciantes japoneses seguían en tierra.