Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Vayamos primero con el fraile, o misionero: un dÃa, mientras comÃamos juntos y lo pasábamos muy bien, le mostré algo de inclinación a viajar con él. Nos insistió mucho y con gran persuasión, a mà y a mi socio, para que aceptáramos. «Pero, padre Simón —dijo mi socio—, ¿por qué deseáis tanto nuestra compañÃa? Ya sabéis que somos herejes y no nos amáis, ni podéis obtener placer alguno de nuestra compañÃa». «Ah —contestó él—, tal vez con el tiempo se conviertan en buenos católicos; mi función aquà consiste en convertir paganos, a saber si también los puedo convertir a ustedes». «Muy bien, padre —dije yo—, entonces se pasará todo el camino predicando». «No les molestaré —contestó—. Nuestra religión no nos impide ser educados. Además —añadió—, todos estamos aquà como compatriotas y, en relación con el lugar en que estamos, ciertamente lo somos; si ustedes son hugonotes y yo católico, al fin podemos ser todos cristianos. Al menos —dijo—, todos somos caballeros y podemos conversar como tales sin molestarnos mutuamente». Me gustó mucho esa parte de su discurso y empezó a recordarme al sacerdote que habÃa dejado en Brasil. Mas aquel padre Simón distaba mucho de él en el carácter, pues si bien tampoco cometÃa ni el menor delito de frivolidad, carecÃa del celo cristiano, la estricta piedad y el afecto sincero a la religión que caracterizaban a mi buen clérigo, de quien tanto he hablado.