Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Dejémoslo ahora, aunque él nunca nos dejaba y seguía proponiéndonos que viajáramos con él, pero antes teníamos que resolver otra cosa, pues mientras tanto necesitábamos deshacernos del barco y de la mercancía; empezábamos a dudar que lo consiguiéramos porque estábamos en un lugar de escaso negocio y en una ocasión estuve a punto de navegar hasta el río de Kilam y la ciudad de Nanquín, mas la Providencia parecía ocuparse ahora más que nunca de nuestros asuntos; desde aquel momento empecé a creer que podría, de un modo u otro, salir de aquella situación embarullada y regresar de nuevo a mi país, aunque ni se me ocurría cómo; y cuando a veces me ponía a pensar en ello era incapaz de imaginar cuál sería el método para lograrlo. La Providencia, digo, empezó entonces a despejar un poco el camino; su primera intervención fue que nuestro piloto portugués nos trajera un mercader japonés que empezó a preguntar qué mercancías teníamos; en primer lugar compró todo nuestro opio y nos concedió por él un buen precio, pagado en oro al peso con pequeñas monedas locales y con lingotes pequeños, de unas diez u once onzas. Mientras negociábamos con él por el opio, se me ocurrió que quizá le interesase también el barco; mandé que se lo propusiera el intérprete. El japonés se encogió de hombros la primera vez que se lo propusimos; sin embargo, unos días después vino a verme, trayendo de intérprete a uno de los misioneros, y me dijo que quería hacerme la siguiente propuesta: nos había comprado una gran cantidad de mercancías sin tener la menor intención (ni haber recibido propuesta) de comprar el barco; en consecuencia, no tenía dinero para pagarlo. Sin embargo, si yo permitía que la actual tripulación siguiera navegando, él nos alquilaría el barco para ir hasta Japón y desde allí los enviaría a las islas Filipinas con otro cargamento que él mismo pagaría antes de que abandonaran Japón; a su regreso, nos compraría el barco. Empecé a escuchar su propuesta; mi mente seguía tan ansiosa por viajar que no pude evitar darle vueltas a la idea de irme con él y así navegar desde Filipinas hacia los Mares del Sur. En consecuencia, pregunté al mercader japonés si no quería contratarnos para ir hasta Filipinas y desembarcarnos allí. Dijo que no, que no podía hacerlo porque entonces no podría pagar el cargamento; sin embargo, al regresar el barco nos podía dejar en Japón. Aun así, yo era partidario de aceptar su propuesta y partir con él; mas mi socio, más sabio que yo, me convenció de lo contrario al describirme los peligros que cabía esperar tanto del mar como de los japoneses, que son gente cruel, falsa y traicionera; y además estaban los españoles de las Filipinas, aún más falsos, crueles y traicioneros que ellos.


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