Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Estábamos en una parte del país densamente poblada y llena de alfareros y arcillistas: o sea, gente que trabajaba la tierra para hacer porcelana. Mientras yo avanzaba, el piloto portugués, siempre listo para decir algo que nos hiciera gracia, se me acercó con una sonrisa socarrona y me dijo que me iba a enseñar la mayor rareza de todo aquel territorio; y que, después de todas las maldades que yo había dicho sobre China, podría al fin decir que allí había visto algo imposible de ver en cualquier otro lugar del mundo. Yo estaba muy impaciente por saber de qué se trataba. Al fin me dijo que era la casa de un caballero construida por entero con loza de la China. «Bueno —respondí yo—, lo normal es construir los edificios con material del propio país. Así que todo es de loza de la China, ¿no?». «No, no —contestó—, quiero decir que está hecha de lo que ustedes llaman loza de la China; nosotros lo llamamos porcelana». «Caramba, eso sí puede ser. ¿Qué tamaño tiene?

¿Podemos meterla en una caja y llevárnosla cargada en un camello? Si se puede, la compraremos». «¡En un camello! —exclamó el anciano piloto, alzando ambas manos—. Qué va, si dentro vive una familia de treinta personas».



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