Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Seguía soplando un viento fresco del este, pero con condiciones meteorológicas bastante buenas. Como había soplado de continuo entre el noreste y el sureste durante un largo tiempo, perdimos varias oportunidades de enviarlos a Francia, pues nos cruzamos con diversos barcos que iban a Europa, dos de ellos franceses de Saint Cristopher; sin embargo, llevaban luchando contra el viento tanto tiempo que no se atrevían a tomar pasajeros por miedo a quedarse sin provisiones a lo largo del viaje, tanto para ellos como para aquellos a quienes acogieran. Por ello, no tenían más remedio que seguir adelante. Habría pasado así una semana cuando llegamos a las cercanías de Newfoundland, donde, por acortar la historia, metimos a todos los franceses en un barco que habían conseguido alquilar en alta mar, para llegar hasta la costa y más adelante marcharse a Francia, suponiendo que consiguieran provisiones para avituallarse. Cuando, como digo, estuvieron todos los franceses en tierra, recordé que el sacerdote joven de quien antes he hablado, al oír que nos dirigíamos a las Indias Orientales había manifestado su deseo de viajar con nosotros y desembarcar en la costa de Coromandel. Accedí enseguida, pues me encantaba aquel hombre y tenía otras buenas razones, como se verá más adelante: también se integraron en nuestro barco cuatro marineros que demostraron ser muy útiles.